Nos ha marcado, nos ha cambiado la vida -y sólo ha estado cuatro meses escasos con nosotros- un niño de siete años.
Bueno, ya tiene 8. Desde el pasado 26 de diciembre: fíjate, casi el día de los inocentes.
Y la verdad es que él es un inocente, una víctima, una más de entre tantos, tantísimos en el mundo.
Él vino de Ucrania. Llegó hasta nuestra casa (jata, nacasa) hace casi un año, delgado en extremo, con su pelo rubio rubio muy corto y sus ojos verdes curiosos y asustadizos, sin atreverse a mirar, pero captándolo todo.
Era de noche, más de las 12 y media, pero lo primero que hicimos fue enseñarle nuestros perros y después el cuarto de baño. ¡Qué lujazo!
Una bañera para él solo, con agua calentita, con jabón, con espumita (pumita). Casi media hora estuvo en ella, jugando con una pelotita de plástico amarillo y deleitándose con aquella extravagancia: para él solo, todo el tiempo que quiso, toda el agua y el gel que quiso.
Todos nosotros, mi mujer, mis dos hijos mayores -la pequeña (Luciya) ya estaba dormida- y yo, tuvimos el mismo pensamiento cuando le vimos y le ayudamos a desprenderse de su ropa: nos acordamos del libro y de la película "El niño con el pijama de rayas"; y nos acordamos de algunas fotos y documentales de infame recuerdo, hechos en los años 40.
Después, a la cocina. Frutas, seguro que la mayoría desconocidas para él. Lo primero que eligió -le dejamos elegir- fueron unas hermosas uvas negras. ¡Qué lujazo!
Luego, alguna otra fruta más, unas galletas, un yogur. ¡Menudo lujo!
Y después, a dormir (aormí): una cama confortable para ti solo. Descansa, que el viaje ha sido muy largo. Mañana te seguiremos enseñando todo lo que tenemos.
No sabíamos que él nos iba a enseñar más que nosotros a él.
Cualquier detalle, intrascendente para nosotros: encender una luz, abrir un grifo, escuchar música, sentarte en el servicio y poder limpiarte bien y tranquilo, comerte un muslo de pollo (kurka) o un huevo frito (con chachichas, mamá).
Poder elegir qué comer (mí te gusta mucho...), qué ponerte, a dónde ir, a qué jugar... ¡Qué lujazos!
Y mis hijos le daban tantas cosas. (Claro, que a nosotros...)
Casi tres meses estuvo aquí. Cuando se fue, la casa parecía vacía y eso que... ¡somos tantos!
Pero todo nos recordaba a él.
Hasta diciembre se hizo largo. Pero volvió; más fuerte, más sano.
Celebró con nosotros sus primeras navidades y su primer cumpleaños (su octavo cumpleaños) y nos demostró su fortaleza: para adaptarse a todo, para dar su cariño, para despedirse una vez más (Papá, yo fuerrrte).
Y nos decía adiós con la mano y sonriendo desde el monovolumen que le llevaría al aeropuerto, junto con otros niños y niñas con los que ya empezaba a hablar otra vez en su idioma.
Eso era el 20 de enero.
Desde entonces hasta ahora, sólo hemos podido hablar por teléfono (télifon) con él una vez.
Cuando llamas al orfanato y te contesta una voz y tú dices el nombre del pequeño y hay veces que te cuelgan directamente y hay otras que te dicen algo que no entiendes y otras que escuchas voces lejanas de niños (puede que una fuese la suya...) Pero no.
Lo esperábamos para hoy, 4 de junio.
Un señor "gordo" del gobierno de allí ha elegido el terreno donde está el orfanato para construirse una villa inmensa, con helipuerto y no sé qué más lujos.
A "nuestro" niño y a todos los demás los reubican en otras instituciones. Hasta hace unos días (el viernes 25 de mayo) no supimos que a él lo enviaban a una "buena", desde la que nos va a ser posible volverlo a traer, aunque más tarde: el tiempo que la burocracia vuelva a ponerlo todo "en orden" para que venga a España (Ispaniya).
El sufrimiento ha sido muy grande. Ahora, ya dado el primer paso positivo, sólo nos queda esperar y pedir que no se vuelva a cruzar en su camino otro de esos señores "gordos" que se pelean a golpes en los parlamentos.
Y esperar que vuelva para seguir cambiando nuestras vidas y hacernos un poco mejores. ¡Eso sí que es todo un lujazo!
Damos las gracias con todo nuestro corazón a Lola, la presidenta de Niños de Ucrania y Andalucía, que se volcó, como siempre, cuando supo que era posible que no volviésemos a ver nunca más a "nuestros" niños.

